La Soberanía de la ciudad: Por qué Funes ya no se decide en el Clubhouse
Redacción Funes 24
En la sutil gramática del poder santafesino, pocas figuras resultan tan sintomáticas de una era que se apaga como la de Juan Félix Rossetti. El empresario, que durante décadas ofició como el demiurgo de una Funes diseñada a la medida de sus propios intereses, ha salido a impugnar el "modelo Santacroce" con una carga dialéctica que merece ser diseccionada.
Lo que Rossetti presenta como una defensa de la libertad económica es, en rigor, la melancolía del patrón ante un Estado que ha decidido, finalmente, dejar de pedir permiso en el Clubhouse.
Rossetti califica la plusvalía municipal —esos US$ 25 millones que la gestión de Roly Santacroce transformó en infraestructura— como un "impuesto a la inversión". Es una pirueta intelectual de un cinismo depurado. Lo que el manual del buen desarrollador lee como una "distorsión", el urbanismo moderno reconoce como la recuperación de una renta extraordinaria generada por el propio Estado.
Cuando el municipio firma un indicador urbanístico, está creando riqueza de la nada; que el Intendente exija que una parte de ese beneficio se vuelque en el pavimento del barrio de enfrente no es socialismo, es capitalismo de responsabilidades. Santacroce ha dinamitado el viejo esquema de parasitismo inmobiliario: aquel donde el privado privatizaba el beneficio del loteo y colectivizaba el barro de las calles externas.
La Trampa del "Cliente con Pago de Expensas"
El nudo gordiano del malestar de Rossetti reside en su incapacidad para concebir al habitante como algo más que un cliente con pago de expensas. Su fallida utopía de independizar el Kentucky —de crear una suerte de principado soberano donde el impuesto se detenga en la guardia del country— es el test de Rorschach de su pensamiento.
Para Rossetti, la "ética" es que el Intendente actúe como un sumiso administrador de consorcio, cuya única función sea garantizar que el césped esté cortado y que la realidad social no contamine el enclave.
Santacroce, al integrar la ciudad a través de la obra pública financiada por los desarrolladores, ha cometido el pecado de la soberanía. Rossetti no soporta que Funes tenga ciudadanos con derechos, porque él preferiría tener abonados con contrato.
La Ética como Eufemismo de la Relevancia Perdida
Resulta casi humorístico que el empresario invoque la "moral" mientras admite que nunca recibió un pedido de coimas. ¿Cuál es, entonces, el déficit ético? La respuesta es de una transparencia brutal: la inmoralidad, para el viejo poder patrimonial, es que el poder político ya no le pertenezca.
Rossetti se refugia en Rosario, donde elogia la "articulación" pese a la falta de servicios básicos. Es una confesión de parte definitiva: prefiere el caos administrable de un territorio sin Estado al orden institucional de una Funes que le exige rendir cuentas. Busca un lugar donde su billetera pese más que el voto popular.
El vecino de Funes debe entender que lo que está en juego no es una tasa municipal, sino el concepto mismo de polis.
Mientras Rossetti defiende la libertad del baldío y la seguridad del muro, Santacroce defiende la libertad de la calle pavimentada y la salud pública de calidad.
Las decisiones estratégicas de la ciudad ya no se toman entre el green de golf y la mesa de saldos del desarrollador; se toman en el Palacio Municipal, con la mirada puesta en el mapa completo y no solo en el render del próximo loteo.
El exilio simbólico de Rossetti es el mejor indicador de la salud democrática de la ciudad.
Cuando los "dueños de siempre" se sienten extranjeros en su propia tierra, es porque la tierra ha empezado a pertenecerle a los ciudadanos.
El tiempo de los clientes con expensas ha terminado; en Funes, por fin, ha comenzado la hora de la política real.


