Inversión para Roldán y burocracia para Funes: La selectividad de la EPE
Redacción Funes 24
Para entender la trama eléctrica que hoy sacude a la región es necesario apartar los anuncios técnicos y observar la psicología de la gestión. Lo que ocurrió en Roldán hace apenas unas horas —el anuncio de una inversión de 179 millones de pesos— no debe leerse solo como un dato de infraestructura.
Es, fundamentalmente, un hecho político que expone una división arbitraria: la frontera entre los municipios que reciben el favor del Estado y aquellos que, por su propio éxito, parecen condenados a la penumbra administrativa.
La puesta en escena en Roldán fue impecable. La conducción de la EPE, flanqueada por la plana mayor del oficialismo, entregó obras y tecnología.
Sin embargo, el análisis se vuelve punzante cuando se contrasta esa realidad con la de Funes. Mientras en una ciudad se celebran inversiones, en la otra se ensayan tesis que pretenden responsabilizar al desarrollo por el colapso de la red.
Desde la empresa provincial se ha sugerido una idea peligrosa: que el "estrés" eléctrico de Funes es la consecuencia natural de su crecimiento. Es un razonamiento insólito. Bajo esta óptica, el inversor y el vecino que progresa son tratados como agentes perturbadores que incomodan la planificación estatal. En lugar de acompañar el dinamismo de la región, el Estado parece penalizarlo.
La asimetría es evidente: mientras Roldán accede a equipamiento de última generación, a Funes se le ofrece el consuelo de una "Oficina Virtual".
Es la digitalización de la ineficiencia. Se pretende que el usuario acepte que un corte de luz es más tolerable si se gestiona desde una aplicación móvil. Funes padece hoy una geometría del privilegio: si el guion local se alinea con el provincial, llegan los cables; si la ciudad mantiene su autonomía y su ritmo de vanguardia, llega un link para reclamos en el vacío digital.
La distorsión es profunda. Se le exige a Funes como a una ciudad de primera, pero se la gestiona con la precariedad de quien administra una escasez dirigida. La función de la EPE debería ser garantizar el servicio para el éxito económico, no utilizar la infraestructura como un mecanismo de disciplina. Mientras en Roldán se celebra el presupuesto ejecutado, en Funes el crecimiento privado es rotulado como un problema técnico que no merece inversión, sino explicaciones mediáticas.
¿Hacia dónde va la provincia si decide que la inversión privada es un pecado que se paga con cortes de suministro? El contraste es demasiado explícito y la pregunta es inevitable: ¿Por qué para Roldán hay recursos y para Funes solo hay excusas virtuales? La respuesta no se encuentra en los transformadores, sino en la voluntad política que se ejerce en los despachos.
No se puede culpar al desarrollo de una ciudad por las carencias de una gestión. Funes reclama el trato que su propia potencia económica le ha ganado: una administración que esté a la altura de sus inversores y no una burocracia que utilice la llave de luz como una herramienta de diferenciación política.


